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41~ Psicología y budismo. Parte 2: Mi propio Mindset

  • Foto del escritor: A. V.
    A. V.
  • 20 may 2023
  • 16 Min. de lectura

Mientras estaba sentada en mi escalón mirando a mi vecina realizar su lavado de ropa diario vi a una hormiga cargando una pluma de casi 2 cm y medio.  ¿30 veces su tamaño? ¿Cuántas hormigas entrarían en una pluma? El piso era cuadriculado con ranuras. Para la pobre hormiga debían experimentarse como colinas, pero eso no la detenía, la hormiga seguía… La pluma se balanceaba profundamente para ambos lados como si bailara. Parecía que la pluma iba a caerse en cualquier momento y tocar el suelo… pero no lo hacía. Y la hormiga- obstinada, continuaba. —Todo es posible en India— pensé. ¿Estaba hablando de la hormiga o de mi misma?

Dia 6

Si, todavía es el día 6. Pero cuando no podes hablar con nadie, ni usar tu teléfono, ni hacer otra cosa que meditar 10 horas por días la dimensión del tiempo cambia un poco. Pasan muchas cosas y a la vez nada, entonces los recuerdos, las conversaciones contigo mismo y los insight se vuelven el centro de tus minutos. El aprendizaje se vuelve intenso. Bien intenso.


Durante los primeros 6 días habíamos aprendido a estabilizar las aguas de nuestra mente, a concentrarnos, a meditar sobre nuestro cuerpo y a volvernos más neutrales, estables y testigos. A partir de ahora el desafío no iba a ser solo meditar sino desarrollar una fuerte determinación- sí, una más fuerte todavía- porque debíamos empezar a practicar no movernos de la postura por la una o dos horas que durarán las sesiones. Aunque el cuerpo doliera, aunque te picara la oreja, aunque se te durmieran los pies. Debíamos aprender a controlar el impulso, empezar a ejercitar justamente lo que naturalmente no haríamos:  INTENTAR NO REACCIONAR. Desarrollar el lugar de testigo. Aprender a mirar sin entrar en la escena. Tomar distancia, permanecer inmutables. Pura observación y Strong determination. 


La práctica ahora consistiría en observar sin accionar, poniendo el foco en el ciclo de las sensaciones que aparecieran: displacer, dolor, calma, paz, molestia, enojo, frustración. Todas eran válidas, igual de importantes e igual parte de nosotros mismxs. Observar cómo surgen, cómo crecen, cómo parecen volverse intolerables, cómo alcanzan un umbral máximo y cómo, si logramos mantener nuestra “fuerte determinación” justo en ese punto clave donde todo parece irse al demonio, las vemos también decrecer y disolverse, hasta lentamente desaparecer. Como todo ciclo, solo requieren tiempo para poder desplegarse y ser escuchadas.

Todo tenía sentido y más sentido. En psicología hablábamos de lo mismo. Adicciones. Mi rama preferida dentro del psicoanálisis. Probablemente porque yo sentía en carne propia muchas de las cosas que podríamos ubicar ahí. 

¿Quién no?  ¿Acaso la mayoría no somos adictos a algo? ¿Sustancias, personas, estados civiles, cosas materiales, placeres, sensaciones, trabajo, productividad, actividades, sentimientos, ……………………, y siga completando la línea punteada con lo que más le competa.  ¿Pensaste alguna vez cómo se juega esto en vos mismx? Si realmente nos observamos en profundidad, creo que esto no era ajeno a nadie.

¿Viviste alguna vez esos momentos de desesperación, de pérdida de vos mismx, donde te das cuenta de cuán poco tienes el control y de cómo una situación te revela tu lado más hambriento? Esas ganas de tomarte una cerveza, de llamar a tu ex, de comer lo prohibido o de fumarte un cigarrillo cuando has decidido deliberadamente dejar de hacerlo... Ese momento clave donde por un instante decides mandar todo al demonio: todos los esfuerzos, las promesas con vos mismx y fundamentalmente tu propia dignidad. Nada parece importar cuando ese pensamiento se instala en tu mente: solo un cigarrillo, solo un vaso, solo una última vez

Cedés antes ese impulso. Te convertís en objeto, en pura reacción. Las ganas parecen intolerables, “decidís” ( ¿decidís? ) romper la abstinencia y con eso, tu propia credibilidad. Podes hacer cualquier locura hasta conseguir lo que estás buscando –y no hablo de oído, hablo porque lo viví–. Nada importa más en ese momento que ese pensamiento, esa idea tan profunda y a la vez tan intolerable. Ese impulso feroz y ese momento crucial, donde quizás si sos afortunado –muy afortunado–, no podés conseguir eso que tanto estás anhelando… Te desesperás y aunque pensás que vas a morir de ansiedad, continencia y desesperación, y aunque vendieras tu alma por conseguirlo, si tienes suerte– mucha suerte– y no lo consigues, en ESE momento determinante, oscuro e incontrolable, la sensación pasa… PASA… Parece increíble pero realmente pasa, y sin darte cuenta ni buscarlo intencionalmente: has sobrevivido.



Estábamos meditando en un gompa con los ojos cerrados, pero a la vez mirando a esas respuestas automáticas que explotan dentro nuestro minuto a minuto como un volcán. Solo teníamos que aprender a tomar la distancia justa y ver todo como desde una vitrina, una cámara Gesell. Menos como protagonistas y más como testigos. Como si nuestra mente y nuestros pensamientos fueran un casete antiguo que podemos sacar del dispositivo y desconectar por un rato. Sentir el cuerpo pero de una manera distinta, sin el peso de todas las historias asociadas y los cuentos “de que sin eso no podríamos sobrevivir", o de que “el dolor es demasiado insostenible para soportar”. Hacer conscientes esos automatismos primitivos, como si de repente nos animaramos a encender la linterna y enfocar a esos monstruos que nos asustan. Parecen completamente terribles, pero con un poco de luz, nos damos cuenta que solo son un pullover viejo tomando una forma extraña produciendo una sombra desagradable. Experienciarlos sin apegarnos a ellos ni a las historias que nos despiertan, dejar que pasen, que hagan su ciclo mientras lo miramos desde la sala de observación de la calma y la consciencia. 

Interesante ejercicio, ¿no? Dejar que poco a poco las nuevas semillas-conductas vayan creciendo con la sabiduría, paciencia y el tiempo necesario para eso. Estábamos físicamente en un retiro en India, pero también de alguna manera estábamos sembrando en el jardín de nuestra propia mente.


Mi viejo arte
Mi viejo arte

El dolor es una de las sensaciones más primordiales relacionada con la supervivencia. Como el resto de las sensaciones, también es pasajera y si logra escucharse –e integrarse también–tiende a desaparecer. Una vez más, el secreto era el no-apego pero tampoco la aversión ni la huida. Permanecer, transitar pero con distancia y ecuanimidad.

  • APEGO/ AVERSIÓN - REACCIONES INCONTROLADAS - MULTIPLICACIÓN DE KARMA NO CONSCIENTE: CAMINO DE LA RUEDA DEL SAMSARA = SUFRIMIENTO.

  • OBSERVACIÓN - ECUANIMIDAD - KARMA DE ACCIONES CONSCIENTES O REDUCCIÓN DE KARMA NO CONSCIENTE: CORTAR O REDUCIR EL CIRCUITO INCONSCIENTE DEL SUFRIMIENTO= LIBERACIÓN

Dejar de generar más patrones mentales condicionados por acciones pasadas automáticas y empezar a crear nuevos patrones.

Es budismo, pero suena a psicología, ¿no? ( ¿Sabías que hay una psicología budista?) Todo iba tomando sentido.

Probablemente el punto en común entre psicología y budismo es que ambos, desde orígenes distintos, buscan comprender la mente humana para desde ahí pensar cómo eliminar el sufrimiento humano. Lo que todos queremos: psicólogos y “personas normales”(LOL). 



¿Te diste cuenta que la mayoría de las veces que pensamos que “actuamos” solo respondemos a estímulos?

Y todavía inocentemente pensamos que elegimos nuestras conductas…


Gato hindú, Bangkok
Gato hindú, Bangkok

La invitación era remover las propias miserias que atormentan nuestra mente desde el nivel más básico. Empezar a meter la mano en el barro. No por medio de la racionalización, sino por medio de la no respuesta: el corte del circuito automático llevado a la práctica y la acción. Empezar a cortar las ramas de un árbol para que no se siga ramificando en forma infinita e incontrolada. Y para eso, teníamos que empezar a observar desde la raíz.


¿De verdad querés asentarte en un lugar? ¿Comprar una casa, construir un espacio permanente? ¿De verdad sentís que querés parar? ¿De verdad crees que para tener algo “tuyo” y “seguro” eso tiene que ser fijo, estático y permanente? ¿“Construir” un “casa" te haría feliz? No me había dado cuenta, porque era algo que yo venía repitiendo sin cuestionarlo hacía muchos años. Parecía que estaba buscando la felicidad justamente ahí, en algo bien sólido, con cimientos arraigados, estático, imposible de moverse o destruirse:  casi permanente. Casi…  Tenía sentido. Una casa, una de las cosas más arraigadas al suelo que podríamos pensar, ¿no? Buscaba seguridades, como todos lo hacemos. Una seguridad que nos impida volarnos, desarmarnos, deshacernos, extraviarnos, perderlo todo. Como si porque la casa tuviera algunas de esas características, automáticamente me proveyera simbólicamente a mí misma de todo eso que yo proyectaba ahí…


–¿Y si la casa que construiste se te prende fuego? ¿Y si el amor de tu vida te deja? ¿Vas a atar tu felicidad a algo material?– Me dijeron los hombres que hablaban con las almas…

Y aunque pareciera algo obvio o estúpido, la verdad era que en mi mindset autómata vomitador de conclusiones esa posibilidad nunca se me había ocurrido –ya ven lo ciega que funciona nuestra mente a veces–. Pero cuando pude escucharlo de un otro, sonó completamente lógico y me dejó pensando. Tenía sentido. Los puntos ciegos de la propia Matrix.


Hasta una casa puede destruirse por completo, hasta un matrimonio puede terminarse también. Todas las promesas de amor pueden romperse incluso esas relaciones impolutas y resplandecientes que parecen idílicas, suspendidas en el tiempo. Hasta la persona en quien más confías puede traicionarte, y todos habremos escuchado esas historias increíblemente de mierda donde nos quedamos con la boca abierta por tremendo balde de agua fría inesperado… Entonces, al final no hay promesas de seguridad que valgan, simplemente no hay salvación para la seguridad de que nada cambie nunca. Simplemente, no hay garantías.

Copenhague, Dinamarca.
Copenhague, Dinamarca.

La voz de mi psicóloga volvía a mis oídos como un eco antiguo. 

La seguridad que buscas no existe, hay que jugársela–. Me decía con su vestimenta formal desde un diván en el barrio de Retiro, mientras yo lloraba esperando mejores soluciones que esas.

6 años después de esas conversaciones, caminando en el polvo de Bodh Gaya podía verlos de otra manera. Y como esos insight repentinos que te dejan helado hecho una estatua, lo había entendido todo. Lo de mi propio mindset, lo que los tipos que hablaban con las almas me dijeron y lo que el budismo profesaba. Todo hablaba de lo mismo: ese deseo que se sostenía en mi mente como la solución a todo no era un deseo verosímil, era una historia que me contaba mi cerebro, que se repetía en loop como la tierra prometida, promulgando que cuando alcance “eso” que tanto anhelaba por fin iba a ser feliz.  Futuro, siempre en el futuro… pero deconstruyendo un poco la idea, todo eso era una ilusión y en cuanto la pude “picar” un poco empezó a desvanecerse como lo que era: puro humo. El castillo de cristal que había sostenido por tanto tiempo se había desvanecido, y me había dejado las manos completamente vacías. Bueno en realidad no vacías, sino llenas de miedo. El camino a la felicidad tenía que ser otro.


¿De verdad todavía te imaginas en esa peli?– Decía una voz dentro mío mientras esbozaba una sonrisa sarcástica.

Es la única peli disponible– Contestó otra voz mirando la videoteca, sin demasiada imaginación.

¿Ir siempre al mismo trabajo, trabajar en el hospital como soñabas, pelear con la burocracia, hacer los mandados, pagar las cuentas, volver siempre a tu misma casa e irte a dormir para el otro día hacer casi lo mismo? Y eso multiplicado por 5 años. ¿Realmente eso es lo que querés?   



Sí, lo describo un poco fatalista pero sin ánimos de juzgarlo, hay gente que eso le funciona y está perfecto. Me hubiera gustado que funcionara para mí también solo que en mi mente eso siempre había sido un poco difícil de sostener. Siempre buscaba algo más, algún propósito más allá de eso, algún sentido más profundo, algún otro que estuviera ahí conmigo compartiendo esa realidad. Quizás de esa manera hubiera funcionado: ese otro era el elemento central de mi sueño, lo demás era decorado. El problema era que a ese otro también se le hacía muy pesada la responsabilidad de mi felicidad.  La última vez, en una de todas mis vidas, ya había probado un bocado de todo eso y LAMENTABLEMENTE no había funcionado. Y ese lamentablemente es con mayúsculas y escrito con tantas lágrimas como nunca me vi caer en mi vida. Entonces ahora la situación era aún peor, porque ya sabía que eso no me hacía tan feliz como yo me imaginaba en mi mente. Se me iban acabando las opciones, y con eso, también la esperanza. Y ahí fuí descubriendo algo obvio, algo que muchas veces no queremos ver porque no es sencillo de asimilar, pero la verdad era que mi propia felicidad nunca había estado realmente enraizada en mí misma: siempre había dependido de un otro y esa era una de las dificultades que me causaban más problemas. Eso era una de las cosas más importantes que venía a intentar resolver. ¿De verdad eso es lo que querés AHORA?– de repente la voz no se callaba.


No me había cuestionado esa pregunta hacía un tiempo, solo aparecía la misma respuesta en mayúsculas en el medio de mi frente, sin siquiera querer repetirla. Estaba trabada en mi mente como un obstáculo, como un fondo de pantalla viejo, que a veces se volvía solamente una excusa para el sufrimiento. Un lamento por lo “no logrado”, una victimización sutil, un rol como un traje que era conocido y que por eso se vuelve cómodo. Una frase que aplastaba, que me dejaba inerte, perdedora e insatisfecha. 


¿Pero esa frase seguía vigente? “Otra yo” era la que la había formulado, pero ahora ese pensamiento repetitivo molestaba a mi yo del presente. Pero ¿cómo era posible? Ya estaba obsoleto… ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Quizás ambas ya habían quedado antiguas: la pregunta y la respuesta.

¿Como aún le permitía molestarme a un pensamiento apolillado y maloliente?



Sí, hubiera sido hermoso no lo niego. A esa “yo” recién salida de la Universidad le hubiera gustado con toda el alma que ese plan efectivamente sucediera, porque ese había sido su sueño por varios años: vivir en un pueblo pequeño en la montaña, trabajar en un hospital público, ayudar a los más necesitados y que eso la “llene”, que eso se vuelva un propósito de vida suficiente que me de el contentamiento que buscaba. Pero ese tren ya había pasado, por lo menos ese, con esas singularidades y de esa manera. Simplemente ya no había sucedido. Y el tiempo solo avanza y no es sencillo desdoblarlo –no es que no se pueda, pero por lo menos yo aún todavía no había descubierto cómo hacerlo– y bajo esas coordenadas específicas del correr del tiempo convencional, “ese sueño” y “esa yo” ya no se habían encontrado. Y aunque me siguiera aferrando a él como un salvavidas, un ancla o una cuerda que me diga hacia donde caminar, lógica y físicamente,  ya no era posible. Esa “yo” antigua lloró, pero en el mismo momento “la actual yo” de alguna manera se estaba liberando.


Solo suéltalo… Ya no hay nada más ahí para vos. Lávate los pies y sigue caminando…– Me diría mi padre entre sus frases sabias de cabecera.


Dharamshala, India.

Me hubiera gustado seguir siendo la psicóloga que era antes. Esa que tenía un consultorio soñado en Copenhague, varias camisas rayadas que soportaban su profesionalismo, una vida “relativamente normal y todo bajo control”.

¿Me hubiera gustado? ¿Realmente tenía las cosas tan bajo control? ¿Esas mismas cosas que no me dejaban dormir por la noche, que me torturaban el cerebro sin parar, que producían en mí ataques de angustia que debía controlar como la misma profesional que era y que me hacían ahogarlo todo en varios vasos de cerveza para poder parar mi mente de una vez por todas? ¿Ese control?

Estábamos en un debate mental con todas mis “yo”, pero bien sabía que aunque tenía una fuerza enorme para ir para delante como un centauro, el control no lo tenía.

¿Será que la felicidad había quedado un poco más atrás en el tiempo?

Quizás en esa adolescente que iba a su amada Universidad en Argentina, con todos sus ideales y sus apuntes resaltados. Esa que hacía prácticas en hospitales soñando que algún día usaría ese guardapolvo blanco con el que ahora practicaba. Mi sueño por mucho tiempo había sido hacer la Residencia y trabajar en un hospital público en San Martín de los Andes en el área de adicciones de Salud Mental –y mientras escribo esto se me caen varias lágrimas–. Los que me conocen lo saben. Lo había planeado en mi mente por tanto tiempo y levantarme cada mañana mirando el lago o las montañas o algún verde… era lo único que había estado en mi cabeza, era mi póster pegado al parabrisas del auto de Homero Simpson y también mi película mental favorita… pero nada de eso era ya posible. Y no porque no pudiera, sino porque probablemente “eso” haría feliz a mi antigua yo pero ya no estoy segura de que hiciera feliz a mi “yo actual”. Me encantaría tener nuevamente mi casa como lo había hecho por varios años, una casa enraizada que no se mueva. Tener mis plantas, mi huertita, mi gato, todos mis objetos personales y que esas cosas puedan quedarse conmigo y no tengan que desaparecer con cada una de mis mudanzas o movimientos de una vida nómade. Vestirme como una persona “normal” y tener situaciones “normales": eventos, fiestas de cumpleaños en familia, ver crecer a mis primitos y las charlas de las cuestiones cotidianas… Pero esa realidad ya no existía, y esa mujer tampoco. Y después de todo, ¿qué es lo normal?

No lo había buscado intencionalmente, pero esa persona se había transformado. 


La mayoría del tiempo ya ni siquiera la recordaba. Ya no podía habitar la mente de ella, solo la veía por fotos de vez en cuando como si hubiera sido alguien más. Una vida que se sentía demasiado lejana, como si fuera la de otra persona, pues habían pasado muchas cosas en el medio.No sé si fui yo la que realmente eligió este nuevo camino o simplemente fue decantando y sucediendo, como el viento poco a poco va formando las montañas de arena, casi de una forma imperceptible. Quizás fue un poco de ambas, quizás mi propio karma, pero esa historia y esa identidad habían quedado atrás hacía mucho tiempo y aunque sonaba perfecto, empezaba a darme cuenta que ya no había vuelta atrás. Ese sueño ya no iba a funcionar. Estuviera de acuerdo o no… ya me había expandido.

Y a través de estas líneas- me guste o no- de alguna manera la vuelvo a duelar.


Mirissa, Sri Lanka.
Mirissa, Sri Lanka.

“ Cuando la mente se expande por una nueva experiencia 

ya no vuelve al mismo lugar”


Mientras estaba sentada en mi escalón mirando a mi vecina realizar su lavado de ropa diario vi a una hormiga cargando una pluma de casi 2 cm y medio. 

¿30 veces su tamaño? ¿Cuántas hormigas entrarían en una pluma?

El piso era cuadriculado, con ranuras… eso le aumentaba la dificultad. Para la pobre hormiga debían experimentarse como colinas- pensé- pero eso no la detenía. La hormiga seguía…La pluma se balanceaba profundamente para ambos lados como si bailara. Parecía que iba a caerse en cualquier momento y tocar el suelo… pero no lo hacía. Y la hormiga- obstinada- continuaba. Todo es posible en Indiapensé. 


Mientras miraba la escena se me ocurrió ayudarla. Sostenerle un poquito la pluma desde algún costado y alivianarle el peso. Cuando uno tiene más presencia real en el aquí y ahora, empieza a formar parte de otros universos antes inexistentes. Pobre hormiga, esa pluma tiene demasiado peso para ella… ¿y si se la sostengo suavemente para ahorrarle la dificultad pensé. ¿Pero eso sería realmente ayudarla? Me tome unos segundos para responderme a mi misma…Probablemente ayudarla verdaderamente sería dejar que lo haga por ella misma, no molestarla con mis miedos y mis “pensamientos superiores” de cómo se deberían hacer las cosas, básicamente porque no lo sé y probablemente porque tampoco sean ciertos. No son más que mis versiones, y así todo, con sus dificultades ella lo hacía de maravilla. Constante, enfocada y con disciplina. Es difícil ponerme en las patitas en una hormiga, pero estoy segura que luego de eso, se habrá sentido superpoderosa. Seguramente luego de ese gran desafío podría agarrar otro, y otro, y uno más, hasta sentirse imparable… porque lo ha logrado.

Por un segundo escuché mi propia reflexión –a veces somos nuestros mejores maestros–.¿Estaba hablando de la hormiga o de mi misma?

¿Era una señal o era solo más consciencia para observar? Fuera como fuera, me identificaba con la hormiga. De a poco yo también me iba sintiendo así, superpoderosa, aunque solo fuera por momentos fugaces, efímeros y momentáneos.

De alguna manera venía transitando la peor tormenta de toda mi vida, una que me había dejado más deshecha que nada nunca antes. Transitaba un camino a ciegas, terriblemente asustada, completamente sola –y hablo de un sentimiento interno–. No lo había pensado hasta un par de años después, pero quizás era la fase posterior a la muerte de mi padre. Ese hecho que me dejó sin mi confidente, mi amigo, mi ser más amado, mi sostén y mi maestro. Estaba aprendiendo a tomar mis propias decisiones, unas más estruendosas y extremas de las que nunca hubiera pensado en mi vida, pero sin darme cuenta también estaba aprendiendo a vivir sin ese amor incondicional tan fuerte. Un camino bien largo, que no me daría cuenta lo largo que sería sino hasta 8 o 9 años después de que su cuerpo se vaya. –Su alma no lo haría nunca.– Me había ido a vivir a Copenhague, pensando una vez más que podría encontrar la felicidad ahí. Me había enamorado fuertísimo, había vivido en una peli y me habían roto el corazón más fuerte aún, y después de 4 años, mis preguntas por mi vida y mi felicidad seguían casi intactas. Ahora además me había quedado sin saber para donde ir, sin planes ni escape, sin respuestas, ni camino, ni más ideas, ni energía, ni esperanza. Estaba devastada por completo, sola y en un país al que no pertenecía. Había decidido seguir caminando –porque la otra posibilidad era rendirse y morir y jamás iba a darme por vencida-. Y aunque estaba muy asustada de mí misma como nunca antes, continué. Caminé en la oscuridad, cargando una piedra enorme de frustración, tristeza, culpa y desamor, todo eso junto y multiplicado por mil, y por reiteradas veces de haber intentado resolverlo y fallar. Estaba tocando mis propios límites del miedo, pero de a poco, entre un pánico interno que no puedo describir, había avanzado algo. Estaba acá, haciendo un retiro de silencio en un pueblo remoto de India, sola y desesperada reflexionando con una hormiga pero estaba viva y de alguna manera estaba sobreviviendo a la tormenta. Y no solo sobreviviendo, sino que había tomado el camino más difícil para hacerlo: el más serio y el más comprometido de toda mi vida. Lo estaba dando todo como nunca antes y de a poco me iba sintiendo orgullosa de mi valentía y de todo esa fuerza interna que tenía sin saber que la tenía. Entre eso y algún insight repentino podía ir percibiendo alguna rendija fugaz de paz, alguna grieta en el muro que me encarcelaba, y eso en las condiciones de mi alma era casi como un néctar de vida. ¡Continúa hormiga! No sé a dónde vas, no sé cuánto has recorrido, no sé cuánto te falta… La pluma es enorme lo sé, también la veo, pero quizás se ve peor de lo que es.  Probablemente el peso real es menos de lo que su imagen emana. Probablemente solo es imaginario, quizás una ilusión, una barrera mental a derribar,  si en realidad, es una pluma…No pierdas la fé, solo continúa… puedes lograrlo– y en ese acto de amor, nos hablaba a ambas.




¿Para qué nos caemos?–  le preguntó el detective Gordon a ese Batman que aún no era Batman, sino solo un niñito asustado y sufriente.– Para aprender a levantarnos…se autocontestó.


Los budistas dicen que la única forma que tenemos de probarnos a nosotros mismos, si aprendimos una lección o no, es a través de los obstáculos que aparecen en nuestro camino y la forma en que los superamos o volvemos a caer en ellos. No hay otra forma. ¿Cómo darnos cuenta que hemos aprendido algo si no lo ponemos a prueba?  No hay otra manera de comprobar la eficacia de una lección más que en la práctica. Tratar de sortear el obstáculo nuevamente y hacerlo de otra manera –en el mejor de los casos–, superadora. No hay otro camino. Entonces, cada problema, cada situación difícil, es un regalo de aprendizaje propio que nos permite testearnos, volver a conocernos para continuar aprendiendo. Así la vida se vuelve un camino de crecimiento, conocimiento y evolución, que de yapa nos aleja de la queja de un constante sufrir y de ese “no entender” el motivo de por qué estamos en este mundo.


¿Qué es lo que la vida me está mostrando?

¿Qué es lo que tengo que aprender de esta situación?

¿Cuál es el patrón que estoy repitiendo?


La realidad no iba a cambiar de todas formas porque patalee ante ella, ¿verdad?  Ni porque grite, me queje, me disocie o finja que lo que está pasando no está sucediendo.Por lo menos esta nueva manera de mirar era un poco más esperanzadora y cuando te encuentras solo, también se convierte en la única opción que tienes para avanzar. Al menos la más efectiva. 


Copenhague, Dinamarca.
Copenhague, Dinamarca.

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