42~Experiencia Vippasana: El craving y la salida de él.
- A. V.

- 19 may 2023
- 10 Min. de lectura

Ese impulso intenso, poderoso e irrefrenable. Ese apego desmedido e imperceptible. Ese deseo insaciable, sin fin, que nos introduce sin quererlo en una rueda tan filosa e infalible que casi no deja margen de error. Que si le damos rienda suelta, muy rápidamente se multiplica y sin darnos cuenta pasamos sutilmente del apego a los objetos a una adición al craving mismo: nos volvemos adictos a la sensación de desear. Adictos a esa adrenalina, a esa necesidad de movimiento y con eso, a la imposibilidad de parar. Y una vez más, no lo digo desde la teoría, lo digo porque lo he sentido. ¿Ustedes no?
Día 7
Lo que inició como una búsqueda de objetos, sensaciones o recompensas de algún tipo, muy rápidamente se transforma en una adicción a la acción en sí misma: nos volvemos adictos a buscar y el objeto empieza a quedar en un segundo plano. Fijate que ni siquiera digo a encontrar, sino a buscar, lo que es aún peor, porque ese movimiento no tiene final, puede ser eterno. Eso es el craving.
A mayor atracción por el movimiento, más difícil se hace poder luego habitar la calma, el vacío y la quietud. Se convierte en un círculo dominado por la propia inercia. Pero ese círculo no es un círculo en sí —teóricamente hablando— , sino que es nuestra propia vida. Constante, automática y “cómoda”. Menudo amiguito ¿no?
Esa rueda de hámster de la que tanto hablamos, que nos absorbe hacia adentro como una fuerza centrípeta, de repente nos encontramos bailando el malambo del ratón pensando que estamos eligiendo, qué somos los dueños y señores de nuestros actos, sin siquiera tener la menor idea de dónde estamos ni hacia a dónde vamos. Y lo más probable es que la mayoría del tiempo, ni siquiera podemos percibir algo todo esto. Y esa, sin duda es la peor parte.
A esta altura ya no hace falta decir que ese deseo intenso por poseer algo —si no estamos lo suficientemente despiertos para entender su verdadera naturaleza impermanente, cualquiera sea la cosa o la “no cosa” — es muy probable, o casi seguro, que nos conduzca al sufrimiento. Tarde o temprano. Y ese craving es tan imperceptible, tan enmascarado y tan sutilmente peligroso que nos perdemos en tanto sujetos de elección para ponernos la máscara del impostor. Una máscara que nos alienara y que luego convertirá —ella— en “nosotros mismos" y en nuestro famoso Ego. Esa máscara se adhiere tanto y se vuelve tan propia que empezamos a confundirla con nuestro verdadero ser— con nuestra identidad—, y ese es uno de los puntos centrales en el camino de la búsqueda espiritual. La famosa pregunta: ¿Quiénes somos?
«Eso que creemos que somos», «eso que creemos que nos gusta», «eso que creemos que queremos», «eso», que no es más que una repetición de patrones que probablemente ni siquiera son nuestros. Eso mismo es con lo que vamos a empezar a lidiar todo nuestra vida hasta que decidamos, si somos afortunados, trascenderlo. Porque al principio quizás nos agrada—como los buenos vendedores cuando recién los conocemos— pero luego siempre muestra la hilacha, y tarde o temprano también, el Ego se convertirá en cosas que ya no queremos, que ya no son tan útiles, que nos fastidian y nos producen sufrimiento, condicionamientos e inmovilidad.
Y justo ahí, mostrándonos que no somos tan dueños de nosotros mismos como creíamos, va a construir su morada, y ahí, va a permanecer: rebelde, insubordinado, ajeno, pero a la vez tan adentro nuestro que duele.
Tan adentro nuestro que revisarlo va a ser un proceso complejo.

Ejecutar esa empresa, llevar a cabo ese atravesamiento, desarmar la Gran ilusión de "quienes somos" se volverá necesario si queremos realmente saber algo de “nosotros mismos” y del Ser que habita detrás del decorado. Y muchas veces, ni siquiera es que queramos fervientemente descubrirlo, sino que en ocasiones esa fuerza que pugna tiene tanta presencia, que se abre paso por si sola. Y enhorabuena, quizás ella viene desde otra vida a salvarnos.
La pregunta por nuestro verdadero Ser ya nos coloca por lo menos en otro lugar de más consciencia. Definitivamente no en la rueda-hámster sistematizada, anti-singular y capitalista, fábrica de producir sujetos, que borra las diferencias y lo más propio que tenemos— la máquina picadora de carne de Pink Floyd en The Wall—. Tampoco quiere decir que hacernos esa pregunta nos eyecte automáticamente fuera de ella, pero probablemente nos permita actuar con más consciencia y libertad de movimientos. Identificar “donde no“ nos acerca lentamente a “donde sí” —por oposición— y nos permite ir rompiendo algunos patrones mentales que se habían cristalizado. Seguramente el verdadero Ser quedó debajo de todo ese polvo que se nos ha acumulado y nos ha pervertido. Que nos ha contorneado formas que quizás no son las nuestras, pero que aún, así y todo, tampoco son lo suficientemente fuertes para borrar lo que entre sombras y maleza pulsa por salir. Ese Ser es tan fuerte que se escabulle queriendo escapar por las grietas de una máscara, consistente pero que empieza a sentirse amenazada. Eso que sale a modo de angustia, estrés, preguntas, dolores, displacer, enfermedad, impulsos, energías. Eso que resiste desde las profundidades, casi ahogado, pero que todavía está ahí y sobrevive, y con suerte en algún momento, tendrá alguna voz. Lo que sí es seguro, es que ese “quién soy” —con todas las dificultades que implica pensar en esa conjunción de palabras— no está en el mismo lugar donde el Ego está. Y lo que también es seguro, es que el Ego va a hacer todo posible por defender el lugar que de alguna forma se ha sabido “construir”. Suena como una declaración de guerra. Puede no serlo.

—Yo soy puro craving —pensé. Quizás todos lo somos, ¿no? pero en estas líneas solo tengo potestad para hablar por mí. Sin embargo, a pesar de los límites y las dificultades de mis propia conducta, había dejado de fumar hacía dos meses y no tomaba una gota de alcohol desde hacía un mes de corrido. Esto último solamente fue la "era" más larga de abstinencia desde que probé un trago de alcohol por primera vez en mi vida, a los 14 años. Mi primera borrachera fue con mi prima en una cena navideña. Nos habíamos robado 10 latas de cerveza y nos habíamos escondido en su cuarto mientras "los grandes"contaban anécdotas graciosas y comían pan dulce y maní con chocolate. Luego del "delito", mi prima se acostó a dormir. Yo quedé tan borracha que mi padre tuvo que meterme en la ducha de agua fría para que se me pase el pedo. Automáticamente después de ese día empecé a beber alcohol y nunca más pare, y lo más llamativo es que puedo darme cuenta de eso sin ni siquiera pensarlo. Desde que bebí una cerveza por primera vez no creo haber pasado más de un fin de semana sin volver a tomar. Wow, que tremendo, ¿no? Desde los 14 años hasta ahora, que tengo 33— o los tenía cuando arrancó mi viaje por India—. No quiero ni hacer cuentas… pero ubico esto para contarles que lo que Goenka decía, no era algo que yo solo comprendía teóricamente, sino que podía sentirlo en cada una de las células de mi cuerpo, en cada uno de mis fantasmas, en cada uno de mis miedos. Este mes en India había sido el mayor tiempo de abstinencia de alcohol en toda mi vida, y paradójicamente, en vez de estar contenta, estaba asustada.
Podía ver al monstruo esconderse hasta casi desaparecer, pero también podía verlo sacar sus narices desde la oscuridad. También escucharlo reírse, ver como se agazapaba para decirme que "solo estaba tomando una siesta" y que faltaría solo algún pequeño estímulo, algún pequeño desliz cotidiano para que saliera a la superficie nuevamente, con todo su esplendor, desplazándose en el escenario como una bailarina de burlesque. Que en la teoría todo sonaba hermoso, pero que al final en la cancha se ven los pingos. Y no solo eso, entre dientes, también me decía que yo era débil.

Cuanto más dulces comemos, más dulces queremos. Cuanto más tomamos, más queremos seguir tomando. Cuanto más fumamos, más necesitamos otro cigarrillo. Cuanto más deseamos cosas materiales, más necesitamos cosas materiales. Cuanto más compramos, más nos falta, y así los ejemplos podrían continuar. La cadena nunca termina. Es una cadena sin fin.
Tenemos la ilusión de que cuando alcancemos lo que creemos necesitar algo va a cesar, pero no es así. El último estímulo vuelve a activar la reacción, la dopamina crece y el circuito se retroalimenta, haciendo que queramos más, más y más. Entonces la idea que proponía Goenka, la de cortar esta cadena hacia atrás, impidiendo que avance para que se generen nuevas reacciones, que a su vez demanden más “comida”tenía bastante sentido. Dejar de darle de comer, retirarnos un paso atrás para simplemente observar. Empezar a habitar la quietud, para luego sí, desde un lugar de calma y elección actuar, pero diligentemente.
Para la psicología es un problema de voluntad, neurobiológico, de mecanismos de defensa y podríamos seguir enumerando según cada caso y la visión de cada doctrina en particular. Para el psicoanálisis, es esa falta estructural de la que hablamos antes la que nos introduce en el circuito del deseo. El budismo habla de ignorancia, esa incomprensión sobre la verdadera naturaleza de la realidad, y a menos que seamos unos seres iluminados o que ya hayamos transitado varias vidas trabajando en eso, en cada una de las vidas debemos trascender esa ignorancia.
Reencarnamos y reencarnamos en distintos cuerpos —distintos envases— en esta rueda cíclica del Samsara —en esta escuela-vida como lo llama el Bhagavad-gita— hasta que aprendamos la lección. Entonces, cada reencarnación es una oportunidad única para trascender ese ciclo de sufrimiento y el hecho de nacer con forma humana, es una bendición que damos por sentado y que muchas veces desaprovechamos.

Las meditaciones en el retiro se volvían más y más intensas— porque sí, a pesar de las largas reflexiones que tomaban mi mente, mi cuerpo seguía en el Vipassana. Quizás por eso todo se volvía tan intenso—.
El cuerpo seguía doliendo y cada día más en nuevos sectores que no sabía siquiera que tenía. Aparecían dudas, frustraciones y miedos. Porque aunque todo sonara perfecto y todo tuviera sentido, en lo profundo, obviamente asustaba.
Ya había dejado de fumar varias veces. También varias veces había rogado un cigarrillo desesperada después de unas cervezas. Ya había prometido que sería solo uno. Ya me había enganchado de nuevo en varias ocasiones. Mi mente era muy despierta pero mi impulsividad también muy decidida. Casi siempre ganaba la última y en cierta forma, la mente ya había perdido credibilidad. Dejar de tomar alcohol por lo menos era algo no había intentado nunca –jamás me hubiera animado a tanto–, y no es que esta vez haya sido una meta concreta, solo había sucedido espontáneamente. Eso me daba cierta liviandad e improvisación.
En Rishikesh y también en una gran parte de India, el alcohol no está bien visto públicamente. En los pueblos casi no hay bares nocturnos ni tampoco se consigue tan fácilmente. Entonces las costumbres acá son otras: chai, kirtan, bhajan, aartis, Yoga, meditación, workshops varios, static dance, ceremonias de cacao y demás yerbas, pero en ninguno de todos ellos está presente el alcohol. Ese detalle, sin buscarlo, era para mi un regalo extra.
—¿Pero cuando vuelva a la vida normal? —Porque en algún momento tendría que volver, o por lo menos eso creía…—¿Qué pasaría ahí? ¿Te vas a seguir sintiendo tan fuerte y tan superada?
Sabía que tenía varios meses de hibernación en la burbuja India, pero con solo imaginarme cerca o dentro de un bar, con un poco de rock and roll y amigos ya podía sentir una ansiedad en el estómago que me subía automáticamente.
—Aun sigo acá —decía el monstruo casi susurrando— ¿Creías que había desaparecido?
Mi ego y yo, en todas sus formas, seguíamos cagados de miedo. Todo es fácil cuando estás dentro de un ashram en una esfera del bien, pero el mundo “real” es un poco más desafiante que eso, a menos que te quedes en India para siempre o te vayas a vivir a un lugar estrategicamente premeditado. Ambas podían ser buenas opciones que mi mente barajaba, pero así y todo, la confianza en mí fuerza de voluntad estaba demasiado vapuleada. Lo que no sabía es que estaba iniciando un camino que tenía puerta de entrada pero no final. Bueno, en realidad sí lo sabía, y creo que eso era lo que más me atemorizaba.

«Continúa la práctica para ser exitoso»— decía Goenka. Claro, ¿que mas podíamos hacer? Bueno, pensándolo bien podíamos hacer muchas cosas. Siempre podemos hacer muchas cosas...
¿Cuando los placeres se convierten en craving?
¿Cuándo se crea un nuevo punto de atracción?
¿Podemos vivir sin placeres? ¿”Debemos” vivir sin placeres o solo aprender a tratar mejor con ellos?
¿Las galletas dulces matutinas son mi nuevo craving? ¿Qué pasaría con mi mañanas si dejaran de estar?
¿Joan era mi craving? ¿Lo amaba o lo necesitaba?
¿Sabemos diferenciar amar de necesitar?
¿Será por eso que la cague tanto?
La realidad nos hacía preguntas y nos regalaba aprendizajes a cada paso.
Los aprendizajes a veces duelen y ya no queremos aprender tanto.
Aprender de eso es una elección, pero las lecciones no podemos evitarlas, solo aparecen.
Empezaba a entender que la única salida para encontrar la verdadera paz era en la rendición de nuestros deseos obstinados y la aceptación de las cosas tal como eran. Apegarnos a satisfacer nuestros deseos implica luchar porque la realidad se adapte a ellos y ahí, si no tenemos el desapego y la ecuanimidad necesaria generamos más tensión —a veces un estado de vida constante— y en cualquier estado de tensión es muy difícil encontrar paz.
La calma entonces, no tenía que ver sólo con parar la rueda en la que nos encontrábamos, sino más bien con aceptar los movimientos de ella, encontrando un ancla propia en algún lugar que nos permita habitar la paz sin tener que detener la rueda. Y sí, esa ancla deberíamos encontrarla adentro nuestro, por supuesto.
En cierta forma eso era un alivio, porque no siempre podemos detener la rueda, ni nuestra vida, y probablemente la detención tampoco sea la solución exacta que necesitamos.
La clave estaba más bien en cómo acomodar la fluidez con el movimiento.
—No somos nuestrx rueda de pensamientos... ¿Entonces porque nos identificamos con ella?—dijo Kaare en otra de sus sesiones que yo tanto amaba—. Cierren los ojos, imagínense sentados en el centro de la rueda e imaginensé encontrar ahí la quietud que están buscando.
No se si era lo que él proponía, pero yo me había imaginado en mi mente una gran "vuelta al mundo" y yo tenía la posibilidad de sentarme en el eje de ella, justo en su “eje”, ahí, desde donde se produce todo el movimiento. Un sitio estable, seguro, confortable, desde donde podía apreciar todo moverse.
Los distintos compartimientos-asuntos giraban a mi alrededor: trabajo, amor, futuro, familia, dinero, etc. Pero yo no estaba dentro de ellos, yo estaba en otro lado, en el centro, en mi centro, mirándolo todo con distancia y la calma suficiente para encontrar otras perspectivas.
Desde donde estaba sentada, la rueda podía verse como lo que era: un juego de elementos. Desarmable y funcional.
También tenía un control remoto. No sabía de dónde había salido pero lo tenía en el bolsillo— y me di cuenta que siempre lo había tenido—.
Con ese control podía hacer que la rueda vaya un poquito más lento a veces, podía detenerla, apagar la luz de algunos compartimientos cuando se volvían insoportables, podía encender otros. Si quería podía subirme a alguno, también bajarme y moverme, pero siempre sabiendo cual era mi lugar original: el centro. El eje.
La distancia de observadora.



Comentarios