Las lecciones del universo
- 2 jun
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Ella estaba buscando algo,desde hacía mucho tiempo. Tiempo que no se media en meses ni años, sino en vidas y en eras. Ella lo sentía. Esta mochila tenía un peso extraño. No era exclusivamente propia, como si estuviera librando batallas de otras almas, que ni siquiera conocía. La cosa es que no importaba tanto de dónde venía la mochila, porque de todas formas, la que la estaba cargando hoy era ella y fuera como fuera, pesaba. Entonces era ella la que tenía que resolverlo en esta vida si de verdad quería encontrar lo que buscaba.
Ella pensaba que no importaba tanto de dónde venía la mochila, pero claro qué importaba, porque era parte del rompecabezas. La parte favorable fue que ella era fuerte, sabía luchar, tenía herramientas y había desarrollado mucha resiliencia. Tenía el coraje y la valentía que se necesitan para dejarlo todo en búsqueda de algo, y no es que hubiera nacido con eso, sino que lo había construido en los años de su propia corta larga vida.
Le habían dicho que para encontrar «eso» que estaba buscando tenía que seguir algunos pasos. Le habían dado mapas, que ella seguía al pie de la letra como una gran búsqueda del tesoro alrededor del mundo. E imperturbable y obstinada iba en búsqueda de cada cruz de ese mapa incansablemente— o casi incansablemente—.
Empezó por las “cruces” de más cerca: en los parques del barrio, en los bares de los pueblos, en las plazas de los hippies y en las universidades más sociales donde ella creía que estaba la gente más interesante, pero no encontró nada ahí. Entonces pensó en viajar más lejos y en esa búsqueda atravesó el país entero. Buscó primero en la naturaleza, porque creía que los tesoros debían guardarse en lugares que estuvieran a la altura de la pureza de los tesoros: en los bosques de algarrobo, en las rocas de los ríos de deshielo y también en las cuevas de los glaciares. En los pozos que los niños hacían dentro de la nieve y en los objetos que dejan los peregrinos en cima de las montañas más altas.
—Nada che… ¿Será que estará escondido más lejos?
Y entonces, decidió agarrar una mochila más grande— más aún que la que ya cargaba— y la llenó de cosas necesarias: libros para la travesía, cuadernos para anotar conclusiones, una cámara fotográfica para registrar los cambios y una bolsa de dormir para recostarse donde hiciera falta. Una manta que la cobijara en las noches, unas fotos de sus padres para abrazar y unos talismanes para cuando las cosas se pusieran feas.
Con todo eso y algunas cosas que introdujo sin saberlo, como fortaleza, soledad, sabiduría, desapego y valor, estaba lista para atravesar el océano.

Busco en países muy lejanos: dentro de los áticos de los castillos escandinavos, en las puertas de los fuertes, en lo celeste del mar, en los recovecos de los acantilados y en las dunas de playas paradisíacas. Busco hasta en lo fluorescente de las auroras boreales y en lo parpadeante de las noctilucas, pero nada. Lo que buscaba no aparecía.
Y ahí pensó que quizás se estaba equivocando de continente, y probablemente de cultura. Entonces cambió de rumbo, porque de verdad era obstinada y una vez que empezaba la búsqueda, nunca la dejaba por la mitad. En ese nuevo continente recorrió desiertos, templos antiguos, y montañas aún más altas, más frías y más antiguas de las que había habitado antes. Atravesó guerras santas y aún más soledad. En el camino encontró nuevos dioses y los adoptó, porque ahora estaba mucho más lejos de casa, mucho más sola y las cosas se habían puesto aún más difíciles, entonces necesitaba más ayuda. Esos dioses la guiaron más lejos, más firme y más constante. Le mostraron otros mundos y nuevas prácticas que comenzó a incorporar, y aunque era firme y decidida, y no se lo decía a nadie por miedo a que se asustaran, se estaba empezando a impacientar.
Así que una noche, en medio de un bosque de pinos en algún lugar del mundo, encendió una vela, puso sus piedras sobre un altar construido en una roca enorme, un cuenco con agua y algunas flores que había recogido del camino. Cerró los ojos y miró al cielo. Ella siempre miraba al cielo cuando hablaba con sus guías y sus dioses.
—¿Cuánto más voy a tener que buscar? Estoy cansada. Recorrí kilómetros y kilómetros. Casas, bosques, desiertos, montañas y mares. Recorrí vidas de personas que nunca se animaron ni a la mitad de lo que me he animado. ¿Qué más quieres de mí? Yo se que me estas guiando, siento tu presencia y agradezco profundamente tu compañía incuestionable, pero ya estaría necesitando un respiro. Déjame al menos entender «porque»… ¿Por qué me lo estás haciendo tan difícil?
Y después de esas palabras que se sentían como una mezcla de frustración y sabiduría, en esa noche de luna llena los cielos parecieron abrirse, y una voz que salía desde adentro de su alma pero no era suya, empezó a hablar.
—Todavía te falta aprender algunas cosas para poder encontrar aquello que buscas. Aún quedan detalles importantes que no estás viendo. Aún necesitas pulir algunas herramientas de búsqueda, pensamientos y prácticas. Y eso que tanto buscas no aparecerá hasta que no lo hayas completado. Ese será el momento indicado. Y no importa el camino de los otrxs, estos pasos son tuyos y vas a tener que resolverlos por vos misma para poder avanzar.
Se ve que eso que hablaba era un Dios o algo así, porque automáticamente le recordó a India y se dio cuenta que “eso” que le hablaba, hablaba en hindi y ella no sabía cómo sucedía porque nunca había hablado hindi, pero sin entenderlo lo entendía
—Pero he seguido los puntos del mapa al pie de la letra, ya he aprendido muchísimo en el camino, más de lo que nunca me hubiera imaginado. He ayudado a todxs los que podía, he realizado acciones nobles y hasta me he transformado a mi misma en el proceso. He conocido de espiritualidad, de dioses, de practicas, me he vuelto más consciente, más prudente y más atenta. ¿Qué más falta? ¿Qué más quieres? — Y sí, volvía a repetir esa misma frase porque en algún lugar de su alma sentía que se la estaba requiriendo para algo, y aunque intuía, no estaba completamente segura de para que era.
Y con una voz aún más sabía, de esas a las cuales ya no puedes refutarles nada aunque quisieras porque te sentirías muy estúpido haciéndolo, ese Ser contestó:
—Todavía no es momento. Aún faltan algunas cosas….
Ella, que estaba sentada con los pies cruzados, las manos en la cintura y la espalda cansada, todavía mirando hacia arriba —porque era más fácil que mirar hacia que dentro de su alma—, le contestó con una voz sutil pero con aires de indignación.
—¿Todavía?
—Si, todavía…— y después de un breve silencio ocupado por el suspiro de resignación de ella, prosiguió— Te estamos protegiendo, para que un encuentro apresurado no contamine tu búsqueda. Lo estas haciendo de maravilla, por eso nos tienes de tu lado, pero aun el tiempo no ha llegado.
—Los años pasan, el tiempo pasa, estoy lejos de casa y por momentos me siento desdichada de buscar y buscar y no encontrar nada.
—Debes confiar, ahora más que nunca, porque lo que estás buscando también te está buscando con la misma intensidad que tu lo buscas, y eso acorta las distancias. Lo bueno de los buscadores es que nunca se atreven a dejar de buscar, es su naturaleza, y al final «los que buscan» siempre siempre terminan encontrando. (La cosa al buscador). Lo que es para unx siempre te alcanza, porque el universo entero conspira para ello. Todo se acomodará de formas increíbles que ni siquiera podrías imaginar, solo sigue las señales. Las señales te reafirman que vas por el camino correcto, y recuerda que el milagro de la vida está también en el camino, no solo en los resultados…

« El milagro de la vida está también en el camino, no solo en los resultados » La frase se le quedó resonando en ecos. Y aunque no menos agotada por las migajas de esas palabras de aliento, ni menos enojada por la molestia de sus pies cansados, esbozo una sonrisa. Todo lo que esa voz le había dicho, ella ya lo sabía, pero a veces, necesitamos que alguien "exterior” nos lo reafirme en el momento presente para no sentirnos tan solxs.
Y en ese bosque de algún lugar del mundo, giró sus manos apoyadas en su cintura a modo de queja y las apoyó en sus rodillas con las palmas hacia arriba a modo de meditación. Y esta vez sí miró hacia adentro, y empezó a abrir tanto las manos hasta que sus dedos no pudieron alejarse más el uno del otro. Y luego los contrajo un poco, como si estuviera sosteniendo algo, algo muy muy poderoso. Extendió sus manos para tomar todo lo que llegaba sin miedo, con confianza, pues entendía que lo que era de ella se quedaría y lo que no, simplemente no. Y esa noche entre los árboles viejos y sabios tuvo un insight, que se sintió como una sutil revelación: comprendió que probablemente ya no tenía que seguir recorriendo kilómetros y kilómetros buscando. Que quizás buscar también podía parecerse más a quedarse quieta y dejar que lo que tenía que llegar simplemente llegara, porque sin duda «eso» que ella estaba buscando desesperadamente llegaría—el universo se lo había afirmado de nuevo y ella, aunque agotada y expectante, en lo profundo de su alma lo sabía también—. Entendió que el desafío estaba también en conocerse aún más y crecer ella misma en ese proceso de búsqueda, nutriéndose a sí misma.
—Wow, ahora puedo dejar de buscar— Dejar de correr, se parecería a descansar.

Y ella ya confiaba, pero ahora empezó a confiar más. Y en vez de moverse buscando y buscando con sus espadas de plata para matar dragones y su bolso repleto de herramientas interesantes, empezó a cultivar su propio jardín. Eligió un pedazo de tierra al que llamó “jardín” y lo empezó a desmalezar. Ella siempre había sabido que si había algún maestro, este estaba en la naturaleza. Compró libros de agricultura, consiguió abonos y poco a poco empezó a elegir que flores y plantas quería plantar en él, si especies florales, aromáticas o árboles frutales. Esto le llevó años de elecciones, prácticas de técnicas nuevas, pruebas, decisiones y resultados, pero lentamente, muy lentamente —como alguien que está descubriendo un mundo realmente nuevo— empezó a enamorarse de su jardín, tanto que para cuando se dio cuenta habían pasado años y años sin buscar.
Empezó a caminar más tranquila, a disfrutar más los resultados de sus frutos, de su jardín y de su cabeza. De una paz mental que había encontrado en cultivar lo que quería, que a diferencia de antes, no la cansaba, sino que le daba paz.
Y empezó a moverse con otro ritmo, con otra cadencia, porque confiaba plenamente en que lo que estaba destinado a ella, llegaría. Y así se hizo más grande y más fuerte, y aún más sabia.
Una tarde como todas las tardes mientras se sentaba a meditar debajo de un árbol de Santa Rita fucsias que había plantado con sus propias manos, volvió a escuchar esa voz. La reconoció al instante, pues eran viejos amigos.
—Tienes un jardín hermoso, lleno de flores, frutas y aromáticas que perfuman todo el aire. En India creemos que todo, TODO, está escrito. Aceptamos el karma que nos toca y no nos quejamos de él: confiamos. El saber que todo está escrito nos da una paz en la cual podemos descansar. Tú no has llegado hasta aquí por casualidad. La religión no son palabras vacías para repetir como un loro, es el entendimiento de la práctica diaria en el día a día.
Nunca subestimes lo que haces, no sabes en qué rincón se esconde la felicidad.
Y cuando la frase terminó de sonar en su mente, ella abrió los ojos. Diviso las montañas a lo lejos, lo verde de sus pinos que la enamoraban cada mañana y lo bajo que se movían las nubes por esos lados. Los pajaritos posándose en sus árboles y las cabras pastando en la colina. Y no solo eso: ese día, vio que eso era en realidad lo que ella siempre había buscado.
Para apreciar la magia hay que aprender a habitar la propia quietud. Las imágenes se ven difusas con la rapidez del movimiento, pero cuando paras te permites apreciar lo que siempre ha estado ahí.
Ahí dejas de correr. Se siente como si hubieras llegado.



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