La primera vez: Un relato sobre animarse.
- Ayelen Vittori
- 30 dic 2025
- 6 Min. de lectura

Casi siempre las cosas más maravillosas, están hechas por gente pequeña en lugares pequeños donde temblando de miedo hasta el caracú deciden salirse de sus propios patrones y eligen, con mucho coraje, tomar decisiones valientes.
Relato del niñx interior.
Ayer por primera vez leí un escrito propio delante de más de 4 personas, y lo desafiante no fue leer algo mío, sino hacerlo delante de 50 personas con un reflector enorme en la cara, un escenario casero y un montón de gente en silencio esperando por lo que iba a pasar.
Lo más difícil no fue leer, sino subir. Unos minutos antes de que llegara mi turno, miré a quien le había dicho que iba a leer y le hice un gesto claro y simple: puse mi mano perpendicular justo a la altura de mi cuello y empecé a moverla varias veces como queriendo rebanarlo de una vez. Y no es que quisiera eso, en realidad quería pasar al frente a compartir lo que había preparado, pero estaba tan cagada de miedo y me temblaban tanto las piernas que la mejor idea que se me ocurrió para sobrellevar la situación era cancelarlo todo.
—Me bajo— le dije con mímica para que el resto de los compañerxs no escucharan, y ahí metí otra seña clave— junté los dedos índices de ambas manos y los hice rodar circularmente entre sí, mientras hacía el gesto de “la próxima“ mientras mi cabeza se balanceaba diciendo la seña universal que todos conocemos cómo “no”, por si algunas de las señas anteriores no habían quedado claras.
Si hubiera podido hablar le hubiera dicho: “Tachame la doble” en lenguaje argento.
La chica— sabia— tomó una decisión cruel pero acertada: pasó ella misma al frente y dijo entre risas que había alguien que no quería pasar a leer, pero que eso no se podía, porque ya nos habíamos comprometido…
—Hija de puta— pensé. Nadie se había dado cuenta que era yo la que no quería pasar. Nadie lo había hecho, excepto yo y con eso ya bastaba.
Mi mente estaba temblando y yo con ella. Verdaderamente tenía miedo de no llegar a poder pararme del cagaso que tenía, o que no me saliera la voz, o decirle a otra persona que lo lea por mi porque yo no podía hacerlo o llorar, o esconderme en el baño o salir corriendo. Había muchos escenarios posibles, pero ninguno era bueno. Entonces se me ocurrió proponer tímidamente leer el texto desde donde estaba sentada, ocultandome entre las sombras y las rodillas de mis compañerxs y así evitar el frente y particularmente el reflector, que eran las cosas que me daban más pánico.
El problema es que lo que iba a compartir no era cualquier texto, porque si lo hubiese sido estaba tan asustada que sin duda hubiera hecho cualquiera de las opciones de arriba. Pero iba a leer un texto que hablaba de coraje y de ser valientes, un texto muy fuerte, con demasiada presencia por lo menos para mi, que de alguna manera hablaba de quién soy y de algo que me atraviesa. No podía comportarme como una niñitx asustada leyendo desde las sombras— en realidad si podía, siempre podemos— pero eso en este caso sería traicionar a mis propias palabras y eso si que no podía permitírmelo. No por orgullo, sino porque creo demasiado en ellas.
Entonces subí. En realidad no había escenario así que no subí a ningún lado, solo me puse abajo de esa luz y de las 50 personas que miraban. Para alguien que tiene pánico escénico y no se siente cómoda siendo el centro de las miradas, yo estaba delante del Madison Square Garden. Si, tan importantes nos creemos…
No recuerdo si a gatas pude decir mi nombre. Le había preparado a mi texto una introducción hermosa, porque la lectura tenía una intención, porque realmente se lo merecía y porque quería explicar desde qué lugar decía lo que decía, pero estaba temblando por dentro, como un niñx que está por lanzarse del tobogán por primera vez, así que después de conseguir pararme ahí adelante, solo me enfoque en leer las líneas que tenía anotadas, porque esas líneas eran más importantes que todo, incluso más que mi terrible pánico escénico.
Di varios suspiros, que no eran suspiros, eran bocanadas de aire para no ahogarme como cuando a un pez lo sacan del agua, porque así se sentía.
Mientras mis labios superiores temblaban de una manera intermitente e intensa como creo nunca haber sentido, empecé a leer.
Mi voz era fuerte, decidida y firme. Sabía bien lo que estaba diciendo, creía en eso más que en mi vida, más que en mi cuerpo, entonces con los labios temblando pero una vez más disfrazándome de valiente, hable de valentía.
La gente aplaudió, pero el aplauso más grande y valioso fue el mío propio hacia mí, porque yo era la que más sabía a todo lo que me enfrentaba internamente para dar esos tres pasos y sentarme al frente por 5 minutos. Seguramente la gente no registro nada de este relato que traigo acá, porque aunque nos sentimos el centro de la escena, somos un pequeño elemento ínfimo más en el campo del otro.
—Que valiente te ves temblando de miedo y aun igual animándote a hacerlo— me dijo un compañero.
Y a pesar de no haber hecho todo lo que tenía pensado hacer, cuando me “bajé” sentía que había ganado, porque había hecho una de las cosas que más pánico me dan en la vida: Pasar al frente.
MORALEJA
No le creas a tu mente cuando te hace repensar justo antes de dar el paso más certero de tu vida. Porque puede que ahí, en esos tres segundos donde decides si levantarte y hacerlo o huir y salir corriendo, se juegue el acto más importante de tu existencia.
Casi siempre las cosas más maravillosas, están hechas por gente pequeña en lugares pequeños donde temblando de miedo hasta el caracú deciden salirse de sus propios patrones y eligen, con mucho coraje, tomar decisiones valientes.
Para todos los que temblando de miedo, tomamos el camino propio.

A continuación el texto en cuestión, ahora ya saben, uno de mis favoritos ♡
Los insurgentes
Nos quisieron poner en cajas,
de todas las formas y tamaños posibles.
Desde todos los siglos,
con distintos nombres y distintos lemas,
con distintas banderas y justificaciones.
Nos llamaron brujas, herejes, locos,
enfermos, parias, bohemios, raros.
Se nos desterró y socialmente se nos apartó, en nombre de Dios, la iglesia, el progreso, la familia, el binarismo, la heterosexualidad, la profesión, la monogamia y el futuro.
Nos dijeron como que hay que hacer las cosas y las creímos, por mucho tiempo, e hicimos todo lo posible por meternos en esas cajas de mierda, apretadas, frías, finitas, sin lugar para lo plural ni las posibilidades.
Pero un día los tiempos cambiaron,
y llegó otro momento…
dónde algunas cajas empezaron a desintegrarse
de lo viejas que estaban,
como por su propio peso
pero también por la opresión que se ejercía desde adentro.
Y desde sus vértices se formaron nuevos caminos,
y paradójicamente, las cajas empezaron a desencajarse.
Se liberaron hendijas,
espacios por donde entraba luz
y también por donde se podía mirar hacía afuera,
lo hasta ahora desconocido.
Y esos seres empezaron a darse cuenta
que ya no cabían ahí adentro,
y solo empezaron a salirse,
ya no entraban ahí.
Era algo natural…
Pero aún así tuvieron que pelear por eso,
porque desde afuera aún los condenaban.
—Pero, ¿por qué? —se preguntaban,
si era algo natural...
No podían hacer otra cosa...
Y así lucharon y así siguieron.
Y surgieron otras incertidumbres,
otras ideas y nuevas preguntas.
Y aparecieron otros,
que no solo no entraban en una sola caja sino que, raros,
se sentían pertenecer a muchas.
Y también sufrieron,
y quisieron no hacerlo,
pero tampoco pudieron hacer otra cosa.
Era casi algo natural...
E igual que los anteriores, lucharon, mucho, hasta que entendieron que el camino no era ajustarse sino armar uno propio, que los incluya
y encontrarse ellos mismos en él.
Y así se fueron animando y motivando unos a otros,
armaron tribus,
crearon nuevos espacios.
Y con ese miedo de sentirse herejes
sin cajas ni nombres ni etiquetas
salieron al mundo a llamarse «nadie»,
a crear otros mundos,
otras opciones de vida, nuevas historias.
Y parecían valientes, y definitivamente lo eran.
Y se rompieron más cajas,
les surgieron más ventanas y más agujeros de vacío
donde meter nuevas cosas y dónde mirar hacia afuera.
Y poco a poco muchos más lo vieron,
y más lo entendieron y más se animaron
y más las rompieron y más se salieron.
Hasta que ya no buscaron encajar en esas antiguas cajas amarillentas,
apolilladas cajas de mierda,
se dieron cuenta que eran más afuera que adentro.
Las cajas seguían estando, sí,
pero en sus almas casi habían desaparecido…
Y tuvieron que seguir explicando
al viejo mundo de los recuerdos mentales,
y peor aún, muchas veces a sí mismos,
porque salirse es fácil pero permanecer requiere sabiduría
y también soledad,
más cuando se decide abrir los ojos
se hace difícil luego hacerse el idiota con eso.
No sé puede dejar de ser valiente, cuando siempre lo fuiste. Incluso antes de saberlo ♡




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